TODAS LAS TENDENCIAS VUELVEN

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En estos días que me ha dado el antojo de volver a los básicos, ver fotos viejas  de mi mama y mis tías o hasta de mi abuela, y documentales sobre Diana Vreeland, para “renovar el look”, me he dado cuenta que la frase “la moda se recicla” –además de ser la excusa perfecta para compradores compulsivos– es un arma de doble filo. Por un lado podemos tener nuestra red de seguridad con “piezas clásicas”, pero por otro, la creatividad se pone en juicio con el argumento que ya todo está creado. Si analizamos los últimos años de tendencias, hemos repetido y reciclado los pantalones anchos de los 70s, el corte “bob” de los 20s, las minifaldas de los 60s y el cat eye de los 50s -por solo nombrar algunos- en estos momentos hay una onda hipster-grunge-chic que , si somos honestos, son simplemente nombres de tendencias en extinción, mezclados para excusar el hecho que la gente solo quiere vestir de jean y camisa. JEAN Y CAMISA.

Viendo la moda horrorosa que sufrió mi madre en su ochentosa adolescencia me pongo a revisar las mías, buscando cualquier prueba de mi falta de estilo para eliminarla. Y es que, habiendo crecido en un colegio de alto nivel económico (patrañas), existía la regla que si no llevabas puesta la ultima tendencia en moda juvenil, tu popularidad bajaba hasta el subsuelo. Irónicamente, el manual de reglas de la adolescente popular iba en contra del reglamento del uniforme del colegio. Nunca tuve la oportunidad de usar Baby-G, un reloj amorfo, por lo general en colores pastel para niñas, que atrofiaba la muñeca al escribir. Tampoco me regañaron por usar piojitos, ganchitos de mariposas, cholitas chinas, gargantillas, minifaldas de jean o zapatos de goma con plataforma en clase. No me gustaban. Mi idea de atraer la atención era un poco más manipuladora: juguetes. Si tenía lo último de la colección de Mattel o Hasbro, tendría más amigos que cualquiera.  Mis padres, ni millonarios ni alcahuetas, no compartían mi razonamiento y se negaban a comprarme los juguetes que pedía para compartir con mis amigas. Me acuerdo haber dado una presentación bastante convincente de como “Solo Entre Chicas” influiría positivamente en mi futuro. Nada funcionaba. Sabía que si quería el juguete popular, tendría que conseguirlo por mis propios medios.
En quinto grado salieron al mercado los famosos Furbys; la respuesta china al Gremlin. Eran una mezcla entre un pájaro, un mono y una rata con la habilidad de hablar. En mi salón todas las niñas tenían al menos uno. Eran el motivo de muchos regaños, pues los desgraciados decidían hablar y expresar sus sentimientos de amor y cariño en el silencio rotundo de una clase de alemán con Frau Gauglitz. Aunque odiaba al animalito, deseaba con toda mi alma lo que representaba tener uno: la madurez suficiente para tener una mascota. Si bien no tenia ningún interés en un compañero animal (una vez por un proyecto de biología tuve dos peces. Luego de nombrarlos los di en adopción a mi renuente madre), me urgía tener un Furby. Compartir historias del comportamiento inusual del juguete con las demás niñas me mantendría en el aspecto social el suficiente tiempo para ganarme una invitación a alguna pijamada.
Vino semana santa y con ella un viaje a Estados Unidos y, en una de las jugueterías más bonitas que recuerdo, allí estaban: una pirámide de estos pequeños demonios parlantes estaban en rebaja. 20 Dólares. Precavidamente decidí inspeccionar el resto de la juguetería a sabiendas que de allí saldría con el Furby negro con cresta blanca al que le había puesto el ojo desde antes de entrar al lugar. En mi búsqueda de una mejor oferta por los pasillos, me encontré con un Troll (los muñequitos con los cabellos de colores y parados). No era cualquier Troll. Midiendo 20cm de alto con cabello azul, nobles ojos morados, vestía una camisa teñida con un símbolo de la paz bajo una braga bota ancha de jean. Era perfecto. Era lo que mi corazón deseaba. Era él o el Furby.
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De vuelta en Caracas, en el salón de alemán, con Furby apagado y el mismo estatus social, me prometí que nunca jamás seguiría una tendencia.
A mis 23 años, casi 13 años después, caí nuevamente por un producto que en teoría me traería a flote en el entorno social en el que estaba. El codiciado “chico malo”. Venía con todos los accesorios: pasado turbio, el discurso de “yo no se qué es el amor” y los testimonios de varias mujeres robadas de su autoestima. Garantizaba un corazón roto al cabo de un mes o te regresaba tu dinero. Empezó en un restaurante de mala muerte con una confesión intima de su parte, y terminó al mes en una fiesta, haciendo un acto de desaparición durante dos horas a un cuarto con otra mujer… menor que yo… 2 años menor que yo si eso ayuda. A lo que ahora me refiero como mi Furby Emocional, no es más que eso: un error del pasado del que puede que no me arrepienta, pero si me avergüenza un montón. Es como la foto con el cabello lleno de escarcha usando una falda asimétrica que no conseguí.
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Ahora que sí estoy enamorada entiendo la diferencia entre tendencia, moda y estilo. Las tendencias se repiten. Queda de nosotros de repetir las que nos funcionan. Sean los pantalones acampanados a la cintura, los lentes de aviador, el respeto propio, o –volviendo a mis días de juguetes– algo que me encantaría que volviese a estar de moda, pues me los compraría todos, son estos ositos que venían en colores y uno podía rayarlos a su antojo porque luego tu mamá los metía en la lavadora y eran un lienzo en blanco (Azul, lila, rosa, verde y amarillo para ser exactos)
Andrea A.
P.D.: Si alguien se pregunta como superé la perdida del Troll de 20 cm, fue recientemente, durante una noche que la televisión mala, que es el mejor acompañante en el desvelo, me dio una espeluznante advertencia.
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